miércoles, 23 de diciembre de 2009

La fiesta más larga

Un día cualquiera de noviembre nos anuncian en las noticias que se va a emitir el esperado anuncio de Freixenet. En ese mismo momento, nos damos cuenta de que empieza la Navidad. Falta un mes para el 25 de diciembre, pero estas fiestas han comenzado, al menos, para el Corte Inglés, para el turrón de Suchard o para las jugueterías, en las que según un estudio de la Asociación Española de Juguetes nos gastaremos este año 187 euros por niño.

La superficialidad está presente en todas partes, salimos a la calle y encontramos luces de colores que recorren los caminos, pinos de Navidad en numerosas tiendas, niños haciendo cola durante horas para ver a los Reyes Magos en un centro comercial y un Papa Noel de medio metro colgado de cualquier balcón. Incluso, la mayoría de las felicitaciones navideñas que recibimos, de personas con las que a penas hemos hablado este año, son resultado de la imposición de adelantar la Navidad con el único fin de acrecentar el consumismo, que llega a ser en alimentación, por ejemplo, hasta un 30% más alto. Ésto no es una forma de aumentar la ilusión, es una manera de programarnos los sentimientos.

Es normal que nos indigestemos con las uvas si hemos estado mes y medio sin parar de beber Codorniu y comer turrones Antiu Jijona. La misma suerte correrán los peces en el río si la situación sigue así y cada año empiezan a beber antes. No creo que haga falta comprarse ropa de color rojo para empezar el año con suerte, ni que un niño deje de ser niño si los Reyes Magos no le traen la Wii. La decoración navideña ha pasado a ser una maratón y un concurso entre los vecinos por tener el balcón más ostentoso del edificio. Nos pasamos semanas inmersos en una rutina planeada, que no nos permite darnos cuenta de que lo que realmente disfrutamos son esos cuatro días que compartimos con nuestros seres queridos.